- ¡La
Mamita! ¡La Mamita!
De
piernas gordas y cortas, arrugadas por el paso de los inviernos, se asemejaba
Doña Carmen Bazul Luna Victoria a las ancianas que aparecían de vez en cuando en
esas no tan famosas películas de Fellini. No tanto por los pechos grandes que
cubrían gran parte de la pantalla, sino por los tonos grisáceos y amargos que
envolvían ese cuerpo aparentemente frágil que, sin embargo, no representaba lo
duro de su carácter y los fuertes “¡Ya
despiértate, carajo!”.
En
un acto, de seguro más irónico que cariñoso – del cual nadie puede dar razón,
sea por el olvido que cosecha el tiempo, o porque en realidad nadie había
presenciado ese momento – Doña Carmen había adquirido el seudónimo de “La
Mamita”. Pero, esta señora, de mamita
tenía muy poco: poseía un lenguaje muy cariñoso y refinado, sazonado con muchos
ajos y cebollas; un tacto muy
delicado y unas caricias que normalmente dejaban marcas; una preocupación muy
grande por el prójimo, que hasta de noche comentaba los problemas de la gente,
que a nadie más, por respeto, le interesaban.
A
pesar de todo, La Mamita, señora de clase media alta, era muy querida. Si no,
bastaba ver las caras pálidas de Alejando y Alonso, o escuchar el ruido que
hizo el cuerpo de Elena con el suelo tras desmayarse, al enterarse que La
Mamita estaba muerta.
-
¡La Mamita! ¡La Mamita! – gritaba,
desesperado, el señor Jacinto, portero de la casa.
-
¿Qué ha pasado con La Mamita? – replicó
Elena.
-
La han muerto, señora, el carro la ha
chancado – sentenció.
No
había ido ni a la escuela, ni se había bañado en el mar. Esto porque de donde
venía – exactamente nadie sabía de dónde; “de
por allá, en los cerros”, decían algunos – no había escuela, ni tampoco
dinero y mucho menos un mar. Y cuando llegó, emprendedor le decían otros, las cosas no fueron muy diferentes: ni
estudios, ni dinero y el mar reservado para las bolsas de plástico o para los
limeños que tenían casa de playa: “los
dos desperdicios”, pensaba.
A
pesar de todo, Jacinto Rivera era una persona de alma buena. A falta de
estudios y escuela, su escritorio estaba repleto de libros; los cuales, si bien
nunca supo descifrarlos, los usaba para mantener abierta la puerta del edificio
donde trabajaba como portero.
-
¡Jacinto! – gritaba la señora Olga, de unos
treinta y tantos años, que en realidad ya eran casi cincuenta; y él aparecía
corriendo, con sus piernas frágiles.
-
¡Jacinto! – gritaba de manera más gruesa el
señor Francisco, y no pasaba mucho para que desfilaran sus bracitos de hombre
casi octogenario cargando bolsas de Wong.
-
¡Jacinto! – gritaba su madre, desesperada,
cuando las fuerzas armadas la arrastraban por el suelo, allá por los años 80,
donde un Jacinto de cincuenta años solo podía ver cómo se la llevaban, cómo se
cumplía la ley de por allá, en los cerros.
A pesar
de todo, Jacinto Rivera era una persona de alma buena. “Más bien huevón. Siempre estás saliendo o durmiendo ¿para qué te pago,
entonces?”, replicaba el señor. Jacinto tenía derechos; pero, esto era otra
de las tantas cosas que él ignoraba.
Jacinto
y La Mamita nunca se hablaron. O, mejor dicho, nunca pasaron de buenas tardes, señora y abre la puerta, Jacinto. Sus vidas, a
pesar de tener casi el mismo tiempo recorrido, eran evidentemente diferentes.
No solo porque uno recibía a Alonso con papeles llenos de palabras, preguntando
si tal o cual estaba correctamente escrita, como quien trata apresuradamente de
cumplir las tantas promesas que señores con corbata o fusil nunca cumplieron;
mientras la otra, sentada frente al televisor, choleaba a algún congresista o se reía de aquellas novelas
mexicanas. Uno en el primer piso, y la otra en el tercero. Cada vida, era un
extremo de ese Perú tan ancho y ajeno.
-
Aunque, pensándolo bien - decía Alejandro -
nunca fueron tan diferentes.
Si,
pues. Pero ¿dónde encontrar similitud entre huaynos y valses; chancay y pan
francés; Raccaya y Barranco; tierra y asfalto; cerros y lomas; ojotas y zapatos
de taco; sudor y perfume; accidente y asesinato?
-
En las causas de sus muertes – pensó
finalmente, sin decirlo, Alejandro.
Se
había puesto sus mejores alhajas; él, su jean
más nuevo. Unos zapatos de taco con broche dorado; y unas zapatillas de color
blanco con negro. La Mamita se iba a encontrar con sus amigas - con las pocas
que quedaban - en un restaurante cerca de su casa; esos donde pagas por
cubierto, por supuesto. Jacinto, como todos los sábados, a almorzar en el
mercado, que estaba cerca a su trabajo. Allá donde Cadete, la señora Rosa, el perro Bobi, el guachimán Arteaga y el menú de cinco cincuenta.
Salud,
pues, compadre, gritaba Arteaga, después de haber tomado varios vasos, a pesar
de ser tan temprano. Cheers, amigas, se
escuchaba no muy lejos del mercado. Es la señora, no sé qué cosa están
celebrando, respondía a las preguntas Jacinto. Era ya entrada la tarde, y el
sol se iba despidiendo del asfalto de la ciudad.
-
No puede ser que la muerte esté tras nosotros
– sollozaba Elena, demacrada desde hace una semana - ¡La ciudad es tan
insegura! ¡No sé donde vamos a parar! ¿A quién había hecho daño aquel pobre
hombre?
Tres
días después de la muerte de La Mamita, la noticia les llegó. Jacinto fue
encontrado muerto, todo ensangrentado,
dijeron algunos. Un asalto, eso seguro, fueron
las únicas explicaciones que recibieron. O, en todo caso, eso pensó decir el
policía encargado, porque nadie fue a preguntar.
¿Qué
tenían en común, entonces, estas dos vidas, ahora cuerpos enterrados? ¿Cuál es
la relación entre un carro que se pasa la luz roja y una venganza por deudas no
pagadas? ¿Entre el conductor que se da a la fuga, y el asesino que nunca es
encontrado? ¿Entre La Mamita que gritó, frustrada, hasta el último momento y
Jacinto, resignado a su suerte, desde el primero? ¿Dónde se encuentra el común
denominador entre la ambulancia que llega tarde, y la otra que nunca llega porque
nadie llama; los alaridos por una señora atropellada, y la indiferencia por un cholo, mira, ahí tirado; el funeral donde
se aparecen aquella prima, primo, tío o tía que esperan sacar algo de la
herencia, y los hijos que no saben qué hacer con el cuerpo de su padre? ¿Entre
la justicia que nunca llega, y la otra justicia que nunca fue pedida? ¿Dónde
está la relación entre La Mamita de piernas gordas y cortas, y Jacinto con sus
piernas frágiles? ¿Dónde el hombre, la mujer, el Bazul y el Rivera?
-
En que eran peruanos – dice Alonso,
resignado, adivinando el pensamiento de Alejandro.
O en
el carajo, que los dos expresaron,
ante lo inminente del destino de haber nacido bajo la bandera del cotidiano
rojo y el irónico blanco.