jueves, 17 de noviembre de 2011

Está noche será diferente

De nuevo en frente de su casa, pero esta vez sería diferente. Sus dedos jugaban con el pliegue de su camisa, a la altura del cuello. No permitiré que sea como siempre, esta vez no, se decía a si mismo, como para llenar ese vacío que impedía estirar su brazo y tocar el timbre.

Sería como lo había imaginado. Sus ojos negros, llenos de lágriamas, avanzarían tambaleando hacia su pecho, pozándose en su hombro. Todos los años serían perdonados, cada golpe, cada carcajada. Él, perplejo, caería a su lado olvidando cada palabra, secando sus lágrimas.

Esa noche sería diferente. Cenarían juntos, con un buen vino, un poco de carne. Luego, la música curaría cada herida con el denso compás de Chopin. La noche sería propicia: una luna blanca alumbrando su cara, su mano, sus corrompidas almas. Esa noche todo sería diferente.

Dormirían juntos, como hijo y padre. Por fin, se sentiría protegido de la noche, la soledad y los gritos. Esa noche dormiría apacible, de corrido. ¡Esa noche sería diferente!

La puerta se abrió inmediatamente después de que presionó el timbre. No supo si el pensamiento anterior o la velocidad con la que fue arrastrado impidió su reacción. Lo cierto es que, en el suelo, con los brazos cubriéndose la cara de los golpes de su padre, pensaba en el vino, en la carne, la luna y Chopin. Cada golpe, cada sílaba, cada suspiro lo debilitaba. Era cierto, esa noche, ya nada sería igual.



La Despedida

- Ya era hora que lo decidieras.

- No queda otra opción ¿Verdad? 

- Así lo dices tú.

- Así lo quisite tú, dirás. ¿No te dan curiosidad las sensaciones?

- Solo me intriga cómo llegamos a esto; digo, nunca supe quién eras hasta que te vi.

- Siempre fuiste igual, desde la universidad. El flaco Rodríguez, jamás supiste que te engañaba con Claudia.

- ¿De esta manera me vas a despedir?

- Solo me acordaba, no te conviene enfadarte, no sirve de nada. Anda, ponte junto a la puerta.

- Tú estabas enamorado de Claudia, ¿no? 

- Solo al principio. Luego de lo que pasó, me juré nunca verla.

- Qué conchudo eres, no eres el más indicado para juzgarla.

- Párate derecho, mejor. Mira, Pablo, trabajo es trabajo, si lo hubieras entendido, yo sería el que me estaría despidiendo; junto contigo, quizás, de esta ciudad, hacia otro lado.

- No soy huevón, claro que te entiendo. Pero no somos iguales ¿entiendes?

- Y por eso estas donde estás.

- Mejor cállate y termina de una vez tu trabajo.

- ¿Te gusta?

- ¿De qué hablas?

- De lo que hago; mas bien, siempre tuve una pregunta: ¿Desde cuando estás metido en todo esto?

- Eso debería preguntarte a ti.

- Por favor, no nos engañemos: se nota en tus ojos que te seduce la idea de estar a mi lado, y de estar haciendo conmigo lo que a ti te hago, a otro claró está, o a uno como tú, no sé si me sigues. Pero, fue luego de la universidad, a uno le quedan pocas opciones; tú sabes, el país está cagado.

- Me das asco.

- Tú deberías darte asco ¿Creer que puedes cambiar las cosas desde un escritorio? Eso está para cuando nos emborrachábamos en Quilca, creyendo que con unas pancartas y la garganta inflamada cambiaríamos algo. Pero aquí estamos, Pablito.

- Aquí estamos, pero no por mucho tiempo.

- ¿Te aprieta? No pongas esa cara, trato de hacer más llevadera tu despedida. Somos amigos, ¿o no?

- Yo no soy tu amigo, no más.

- Lo imaginé, Pablo. Pero nos necesitamos. Sin gente como tú, yo no tendría por qué hacer todo esto; estaría acabando alguna maestría en sociología. Sin gente como yo, no hubieras terminado así; y el chino nunca hubiera ganado las elecciones. ¿Ves, Pablito?

- ¿Ya acabaste?

- Ya casi; ya sabes, grita lo que quieras, en los sótanos no se escucha nada.

- ¿Ella me quería?

- No lo sé, no lo creo. Fuiste solo un instrumento. ¿Qué irónico, no? Mi mano aprieta el gatillo, y ésta es conducida por mí. ¿Quién me conduce a mí? Es como el ajedrez, Pablito, como el de Borges, claro. Y ahora tú estás más cerca de descubrirlo que yo. ¿Algunas palabras finales?

- No.

- Está bien, como quieras. Adiós, Pablito.

- Hasta Pronto, Vladimiro.








La Mamita


-      ¡La Mamita! ¡La Mamita!

De piernas gordas y cortas, arrugadas por el paso de los inviernos, se asemejaba Doña Carmen Bazul Luna Victoria a las ancianas que aparecían de vez en cuando en esas no tan famosas películas de Fellini. No tanto por los pechos grandes que cubrían gran parte de la pantalla, sino por los tonos grisáceos y amargos que envolvían ese cuerpo aparentemente frágil que, sin embargo, no representaba lo duro de su carácter y los fuertes “¡Ya despiértate, carajo!”.

En un acto, de seguro más irónico que cariñoso – del cual nadie puede dar razón, sea por el olvido que cosecha el tiempo, o porque en realidad nadie había presenciado ese momento – Doña Carmen había adquirido el seudónimo de “La Mamita”. Pero, esta señora, de mamita tenía muy poco: poseía un lenguaje muy cariñoso y refinado, sazonado con muchos ajos y cebollas; un tacto muy delicado y unas caricias que normalmente dejaban marcas; una preocupación muy grande por el prójimo, que hasta de noche comentaba los problemas de la gente, que a nadie más, por respeto, le interesaban. 

A pesar de todo, La Mamita, señora de clase media alta, era muy querida. Si no, bastaba ver las caras pálidas de Alejando y Alonso, o escuchar el ruido que hizo el cuerpo de Elena con el suelo tras desmayarse, al enterarse que La Mamita estaba muerta. 

-        ¡La Mamita! ¡La Mamita! – gritaba, desesperado, el señor Jacinto, portero de la casa.
-        ¿Qué ha pasado con La Mamita? – replicó Elena.
-        La han muerto, señora, el carro la ha chancado – sentenció. 

No había ido ni a la escuela, ni se había bañado en el mar. Esto porque de donde venía – exactamente nadie sabía de dónde; “de por allá, en los cerros”, decían algunos – no había escuela, ni tampoco dinero y mucho menos un mar. Y cuando llegó, emprendedor le decían otros, las cosas no fueron muy diferentes: ni estudios, ni dinero y el mar reservado para las bolsas de plástico o para los limeños que tenían casa de playa: “los dos desperdicios”, pensaba. 

A pesar de todo, Jacinto Rivera era una persona de alma buena. A falta de estudios y escuela, su escritorio estaba repleto de libros; los cuales, si bien nunca supo descifrarlos, los usaba para mantener abierta la puerta del edificio donde trabajaba como portero. 

-        ¡Jacinto! – gritaba la señora Olga, de unos treinta y tantos años, que en realidad ya eran casi cincuenta; y él aparecía corriendo, con sus piernas frágiles.
-        ¡Jacinto! – gritaba de manera más gruesa el señor Francisco, y no pasaba mucho para que desfilaran sus bracitos de hombre casi octogenario cargando bolsas de Wong.
-        ¡Jacinto! – gritaba su madre, desesperada, cuando las fuerzas armadas la arrastraban por el suelo, allá por los años 80, donde un Jacinto de cincuenta años solo podía ver cómo se la llevaban, cómo se cumplía la ley de por allá, en los cerros

A pesar de todo, Jacinto Rivera era una persona de alma buena. “Más bien huevón. Siempre estás saliendo o durmiendo ¿para qué te pago, entonces?”, replicaba el señor. Jacinto tenía derechos; pero, esto era otra de las tantas cosas que él ignoraba.  


Jacinto y La Mamita nunca se hablaron. O, mejor dicho, nunca pasaron de buenas tardes, señora y abre la puerta, Jacinto. Sus vidas, a pesar de tener casi el mismo tiempo recorrido, eran evidentemente diferentes. No solo porque uno recibía a Alonso con papeles llenos de palabras, preguntando si tal o cual estaba correctamente escrita, como quien trata apresuradamente de cumplir las tantas promesas que señores con corbata o fusil nunca cumplieron; mientras la otra, sentada frente al televisor, choleaba a algún congresista o se reía de aquellas novelas mexicanas. Uno en el primer piso, y la otra en el tercero. Cada vida, era un extremo de ese Perú tan ancho y ajeno.

-        Aunque, pensándolo bien - decía Alejandro - nunca fueron tan diferentes.

Si, pues. Pero ¿dónde encontrar similitud entre huaynos y valses; chancay y pan francés; Raccaya y Barranco; tierra y asfalto; cerros y lomas; ojotas y zapatos de taco; sudor y perfume; accidente y asesinato?

-        En las causas de sus muertes – pensó finalmente, sin decirlo, Alejandro.

Se había puesto sus mejores alhajas; él, su jean más nuevo. Unos zapatos de taco con broche dorado; y unas zapatillas de color blanco con negro. La Mamita se iba a encontrar con sus amigas - con las pocas que quedaban - en un restaurante cerca de su casa; esos donde pagas por cubierto, por supuesto. Jacinto, como todos los sábados, a almorzar en el mercado, que estaba cerca a su trabajo. Allá donde Cadete, la señora Rosa, el perro Bobi, el guachimán Arteaga y el menú de cinco cincuenta.    
Salud, pues, compadre, gritaba Arteaga, después de haber tomado varios vasos, a pesar de ser tan temprano. Cheers, amigas, se escuchaba no muy lejos del mercado. Es la señora, no sé qué cosa están celebrando, respondía a las preguntas Jacinto. Era ya entrada la tarde, y el sol se iba despidiendo del asfalto de la ciudad.

-        No puede ser que la muerte esté tras nosotros – sollozaba Elena, demacrada desde hace una semana - ¡La ciudad es tan insegura! ¡No sé donde vamos a parar! ¿A quién había hecho daño aquel pobre hombre?

Tres días después de la muerte de La Mamita, la noticia les llegó. Jacinto fue encontrado muerto, todo ensangrentado, dijeron algunos. Un asalto, eso seguro, fueron las únicas explicaciones que recibieron. O, en todo caso, eso pensó decir el policía encargado, porque nadie fue a preguntar.

¿Qué tenían en común, entonces, estas dos vidas, ahora cuerpos enterrados? ¿Cuál es la relación entre un carro que se pasa la luz roja y una venganza por deudas no pagadas? ¿Entre el conductor que se da a la fuga, y el asesino que nunca es encontrado? ¿Entre La Mamita que gritó, frustrada, hasta el último momento y Jacinto, resignado a su suerte, desde el primero? ¿Dónde se encuentra el común denominador entre la ambulancia que llega tarde, y la otra que nunca llega porque nadie llama; los alaridos por una señora atropellada, y la indiferencia por un cholo, mira, ahí tirado; el funeral donde se aparecen aquella prima, primo, tío o tía que esperan sacar algo de la herencia, y los hijos que no saben qué hacer con el cuerpo de su padre? ¿Entre la justicia que nunca llega, y la otra justicia que nunca fue pedida? ¿Dónde está la relación entre La Mamita de piernas gordas y cortas, y Jacinto con sus piernas frágiles? ¿Dónde el hombre, la mujer, el Bazul y el Rivera?

-        En que eran peruanos – dice Alonso, resignado, adivinando el pensamiento de Alejandro.

O en el carajo, que los dos expresaron, ante lo inminente del destino de haber nacido bajo la bandera del cotidiano rojo y el irónico blanco. 

domingo, 13 de noviembre de 2011

El Guardián

Solo tenía que conseguir esa llave que él siempre llevaba consigo. Para ello, tenía que esperar el momento indicado.

Se había despertado muy temprano. Como siempre, se había puesto su uniforme gris sin ningún pliegue demás. Los zapatos muy negros, pero no tan ajustados; lo mismo con los puños de su camisa y con el primer botón a la altura del cuello. Cada uno de sus ángulos perfectamente alineados entre sí.

De su correa, colgaba reluciente la llave dorada de la carceleta, en contraste de lo opaco de su uniforme. Siempre la limpiaba con suma delicadeza y mucha precisión. Desde que ingresó a trabajar como guardián de la prisión del poblado donde nació, ubicado en la provincia de Lucanas, en Ayacucho, se esmeró en hacer todo como era debido: llegar a las siete para tomar el relevo; treinta pasos desde la puerta para llegar al escritorio; dos palmadas en la espalda de su compañero para despertarlo; dos movimientos no tan bruscos para quedar empotrado en su silla; veinte páginas doble cara de expedientes que revisar; el almuerzo, siempre lo mismo, para culminar con un vaso de vidrio reluciente lleno con agua, y comenzar la inspección de las celdas.

Era un poblado pequeño. La prisión contaba con tres celdas, cada una muy alta; paredes lisas con el propósito de impedir que se llegara escalando a la ventana superior. Esta daba al pasillo principal, por donde ingresaba la luz y el aire que la puerta de metal de cada celda se esmeraba en impedir su ingreso.

Ese domingo era un día especial. Por eso, quería dejar todo como nuevo. Repasó las celdas una y otra vez, verificó que las puertas estuvieran cerradas mientras contemplaba las ventanas erguirse a lo alto. Caminaba de aquí para allá, si veinte pasos hacia el norte, la misma cantidad hacia el sur, siempre con su vaso de cristal con agua en la mano.

Ya casi iba a terminar su turno. En la última inspección, se percató de un movimiento extraño en lo que vendría a ser la base de la ventana de una de las celdas. No podía dejar nada imperfecto ese día. Abrió la puerta, intentando fallidamente lograr divisar desde adentro lo que se movía en la ventada de la celda. Volvió a salir y se aseguró de cerrar bien la puerta.

Sin soltar el vaso con agua, tan perfecto y simétrico como a él le gustaba, trajo consigo una banca. La colocó alineada con la puerta, dejó el vaso sobre su pañuelo en el suelo y se trepó, con mucha sincronización, sobre la banca. Alzó los brazos a la vez y vio los puños de su camisa rectos pero no muy ajustados. A pesar del temor de ensuciarlos, era un día especial y no podía dejar nada de la prisión fuera de su lugar.

Ni bien su pecho estuvo apoyado en la ventana, vio cómo el movimiento que había desatado su preocupación en un primer momento, cayó dentro de la celda. Pensó en que quizás era un roedor; imaginaba ya cada uno de los pasos a seguir para eliminarlo. No se daba cuenta que su vehemencia impulsaba sus ojos, y por ende su pecho, lentamente, a ver dentro de la celda, para lograr localizar a esa bola peluda que desataría el placer casi enfermo de cumplir con su deber paso a paso, siempre recto, siempre perfecto.

De pronto, cuando sus ojos vieron la inmensidad del suelo, sintió como el caos de la oscuridad lo apoderaba; su cuerpo pesado perdía el equilibrio en el cual había crecido, y alborotado caía, desorientado.

Era un día especial. La prisión sería cerrada, ya casi no se usaba para los pocos pobladores que aún quedaban: todos habían migrado a través de los cerros a la oscura Lima. La noche envolvería todo recuerdo de la prisión.

El guardián, con los puños de su camisa nada apretados, el primer botón desabrochado y los zapatos ahora plomos, todos magullados, miraba la llave dorada, perfecta siempre, atascada, reposando en la ventana. Sólo tenía que conseguir esa llave que él siempre llevaba consigo. Para ello, tenía que esperar el momento indicado.

Al frente de él, el vaso reluciente roto; y el pañuelo mojado.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Un secreto

No se lo digas a nadie. Cuando me enteré también tuve miedo. ¿Creerlo? En un inicio, como al niño que la tragedia desengaña de su inocencia, me rehusé. A veces, la inseguridad reaparece; pero ¿ya de qué se puede estar seguro? No se lo digas nadie; aunque, si lo que te digo es cierto, él ya lo sabe.

Ya no podía aguantarlo. O, quizás, era él quien andaba cansado. Como hormigas, que pones piedras, hojas o ramas en su camino; soberbio de su poder, misericordioso con nosotros. Como peones que sacrifican su falso cuerpo por un falso rey; sin saber que es de otro la mano que mueve su destino en un burdo juego de ajedrez.

No se lo digas a alguien, aunque él ya lo sepa. Escapemos lejos, donde sus palabras no nos alcance con su pluma. Huyamos de sus puntos y comillas, de sus párrafos y sus versos. A pesar de que sus trazos sean nuestros recuerdos; nuestras palabras, sus ligeros movimientos; y hasta nuestra esperanza de ser libres, un capricho más de su inacabable cuento.

No se lo digas a nadie. A pesar de que no sepamos si alguien más conoce la verdad: somos solo líneas en algún libro dejado sobre un escritorio viejo.

miércoles, 31 de agosto de 2011

La Reserva

8:20 a.m.

Una silla lúgubre, como resumen de una vida igual de melancólica.

Era de un color verde nauseabundo. Se iba descascarando poco a poco con el paso del tiempo. Los pies apoyados en un escritorio de metal. Este combinaba con el ambiente; el cuál, se asemejaba a un pantano.

Escritorios que engullían cantidades de papeles arrinconados y apilados uno tras otro. Algunos eran de "segunda importancia" en caso de incendio. Pablo se preguntaba cuáles serán los de "primera importancia": si las personas o la computadora de pantalla grande. Ésta última contaba con un protector que se aferra desesperadamente de sus dos esquinas superiores.

Cerca a una de las esquinas que formaban los cuatro muros de ese cuarto verde - donde la luz cambia de color al atravesar unas persianas, que debieron ser instaladas por los años cincuenta; seguro nunca las han cambiado, pero aporta al ambiente tétrico del cuarto donde esperaba - había un cable que reposa en el suelo. Encima de él, como evidencia de un crimen, un agujero se asoma timidamente con unas cuantas telarañas minúsculas y dejando sin internet ese pequeño salón del cuartel del ejército en Pueblo Libre.


"Si te mandan, nos mandamos; porque aquí quien manda es el dinero." Fue la respuesta exacta. No solo había aclarado la incertidumbre que Pablo tenía acerca de ser enviado a la guerra en un futuro; sino, además, la realidad en que se manejaba ese pequeño país de la lejana sudamerica.

Aún no habían pasado los tres meses en que los trámites son gratis, así que Pablo aprovechaba en realizarlos de una vez. Se había despertado de buena gana y con el pie derecho. Era una mañana lluviosa pero el ánimo no bajaba. A la puerta del cuartel, una señora aconsejaba sobre como tratar la vida militar: "¿Omiso? ¿Cuál es el problema de ser omiso? Pues hijo, eres omiso; omiso pues, nada bueno."

Dentro, una señora cincuentona, un pantalon de seda rojo ajustado a la cadera, un peinado que intentaba incrementar la sombra de un cuerpo que no pasaba del metro sesenta. "¿Qué haríamos si los chilenos estuvieran adentro? Si, señor. Me dio mucho miedo. A ver, hijo, ¿de cuánto son tus tabas?. Ok, ¿cuánto mides, maso menos? Una firma aquí; sí, aquí en el punto. Solo tengo lapicero azul, disculpe. "

Sentado en un cuarto lúgubre, con un matiz verde y un señor que recortaba una foto de tamaño carnet donde Pablo salía desaliñado. La goma no era suficiente, así que le aumentaba un poco más el general Martinez. Desde ese momento, Pablo ya era parte de la Reserva.

lunes, 8 de agosto de 2011

Heavy Storm

Vuela hacia la noche. Vuela, aletea, duerme. La oscuridad de la noche te cubre de rufianes y cazadores.

Érase una vez, en el tiempo donde vivían los cuentos que me contaba mi madre; si es que me contaba alguno, pues ya no me acuerdo y la foto suya en mi escritorio se ha vuelto amarilla de cargar tanto recuerdo.

Una joven princesa, como las que imaginaba de noche, pero que nunca encontraba; pues el mundo era grande, mis pasos pequeños y mi suerte siempre hacía falta.

Que vivía en un gran castillo, como aquel donde aparezco en sueños; aunque no se parezca a mi casa, porque donde yo vivía, no había ni sótanos, ni cuartos secretos; ni escaleras ni grandes ventanas, solo una puerta grande, por donde mi padre escapaba.

Custodiada por un gran dragón, de esos que escupen fuego; pero no te pegan balazos, como aquellos, que tampoco eran dragones, pero que de todas maneras hicieron escupir a mi madre, y no fuego; e hicieron que ella volara, pero nunca ellos.

Que un día fue rescatada, por un héroe como aquel que siempre quise ser; pero que nunca pude, por razones, que ya no me acuerdo, ni quiero.