- Ya era hora que lo decidieras.
- No queda otra opción ¿Verdad?
- Así lo dices tú.
- Así lo quisite tú, dirás. ¿No te dan curiosidad las sensaciones?
- Solo me intriga cómo llegamos a esto; digo, nunca supe quién eras hasta que te vi.
- Siempre fuiste igual, desde la universidad. El flaco Rodríguez, jamás supiste que te engañaba con Claudia.
- ¿De esta manera me vas a despedir?
- Solo me acordaba, no te conviene enfadarte, no sirve de nada. Anda, ponte junto a la puerta.
- Tú estabas enamorado de Claudia, ¿no?
- Solo al principio. Luego de lo que pasó, me juré nunca verla.
- Qué conchudo eres, no eres el más indicado para juzgarla.
- Párate derecho, mejor. Mira, Pablo, trabajo es trabajo, si lo hubieras entendido, yo sería el que me estaría despidiendo; junto contigo, quizás, de esta ciudad, hacia otro lado.
- No soy huevón, claro que te entiendo. Pero no somos iguales ¿entiendes?
- Y por eso estas donde estás.
- Mejor cállate y termina de una vez tu trabajo.
- ¿Te gusta?
- ¿De qué hablas?
- De lo que hago; mas bien, siempre tuve una pregunta: ¿Desde cuando estás metido en todo esto?
- Eso debería preguntarte a ti.
- Por favor, no nos engañemos: se nota en tus ojos que te seduce la idea de estar a mi lado, y de estar haciendo conmigo lo que a ti te hago, a otro claró está, o a uno como tú, no sé si me sigues. Pero, fue luego de la universidad, a uno le quedan pocas opciones; tú sabes, el país está cagado.
- Me das asco.
- Tú deberías darte asco ¿Creer que puedes cambiar las cosas desde un escritorio? Eso está para cuando nos emborrachábamos en Quilca, creyendo que con unas pancartas y la garganta inflamada cambiaríamos algo. Pero aquí estamos, Pablito.
- Aquí estamos, pero no por mucho tiempo.
- ¿Te aprieta? No pongas esa cara, trato de hacer más llevadera tu despedida. Somos amigos, ¿o no?
- Yo no soy tu amigo, no más.
- Lo imaginé, Pablo. Pero nos necesitamos. Sin gente como tú, yo no tendría por qué hacer todo esto; estaría acabando alguna maestría en sociología. Sin gente como yo, no hubieras terminado así; y el chino nunca hubiera ganado las elecciones. ¿Ves, Pablito?
- ¿Ya acabaste?
- Ya casi; ya sabes, grita lo que quieras, en los sótanos no se escucha nada.
- ¿Ella me quería?
- No lo sé, no lo creo. Fuiste solo un instrumento. ¿Qué irónico, no? Mi mano aprieta el gatillo, y ésta es conducida por mí. ¿Quién me conduce a mí? Es como el ajedrez, Pablito, como el de Borges, claro. Y ahora tú estás más cerca de descubrirlo que yo. ¿Algunas palabras finales?
- No.
- Está bien, como quieras. Adiós, Pablito.
- Hasta Pronto, Vladimiro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario