jueves, 17 de noviembre de 2011

La Despedida

- Ya era hora que lo decidieras.

- No queda otra opción ¿Verdad? 

- Así lo dices tú.

- Así lo quisite tú, dirás. ¿No te dan curiosidad las sensaciones?

- Solo me intriga cómo llegamos a esto; digo, nunca supe quién eras hasta que te vi.

- Siempre fuiste igual, desde la universidad. El flaco Rodríguez, jamás supiste que te engañaba con Claudia.

- ¿De esta manera me vas a despedir?

- Solo me acordaba, no te conviene enfadarte, no sirve de nada. Anda, ponte junto a la puerta.

- Tú estabas enamorado de Claudia, ¿no? 

- Solo al principio. Luego de lo que pasó, me juré nunca verla.

- Qué conchudo eres, no eres el más indicado para juzgarla.

- Párate derecho, mejor. Mira, Pablo, trabajo es trabajo, si lo hubieras entendido, yo sería el que me estaría despidiendo; junto contigo, quizás, de esta ciudad, hacia otro lado.

- No soy huevón, claro que te entiendo. Pero no somos iguales ¿entiendes?

- Y por eso estas donde estás.

- Mejor cállate y termina de una vez tu trabajo.

- ¿Te gusta?

- ¿De qué hablas?

- De lo que hago; mas bien, siempre tuve una pregunta: ¿Desde cuando estás metido en todo esto?

- Eso debería preguntarte a ti.

- Por favor, no nos engañemos: se nota en tus ojos que te seduce la idea de estar a mi lado, y de estar haciendo conmigo lo que a ti te hago, a otro claró está, o a uno como tú, no sé si me sigues. Pero, fue luego de la universidad, a uno le quedan pocas opciones; tú sabes, el país está cagado.

- Me das asco.

- Tú deberías darte asco ¿Creer que puedes cambiar las cosas desde un escritorio? Eso está para cuando nos emborrachábamos en Quilca, creyendo que con unas pancartas y la garganta inflamada cambiaríamos algo. Pero aquí estamos, Pablito.

- Aquí estamos, pero no por mucho tiempo.

- ¿Te aprieta? No pongas esa cara, trato de hacer más llevadera tu despedida. Somos amigos, ¿o no?

- Yo no soy tu amigo, no más.

- Lo imaginé, Pablo. Pero nos necesitamos. Sin gente como tú, yo no tendría por qué hacer todo esto; estaría acabando alguna maestría en sociología. Sin gente como yo, no hubieras terminado así; y el chino nunca hubiera ganado las elecciones. ¿Ves, Pablito?

- ¿Ya acabaste?

- Ya casi; ya sabes, grita lo que quieras, en los sótanos no se escucha nada.

- ¿Ella me quería?

- No lo sé, no lo creo. Fuiste solo un instrumento. ¿Qué irónico, no? Mi mano aprieta el gatillo, y ésta es conducida por mí. ¿Quién me conduce a mí? Es como el ajedrez, Pablito, como el de Borges, claro. Y ahora tú estás más cerca de descubrirlo que yo. ¿Algunas palabras finales?

- No.

- Está bien, como quieras. Adiós, Pablito.

- Hasta Pronto, Vladimiro.








No hay comentarios:

Publicar un comentario